Miércoles | 08.06.2005
CRISIS EN EL ALTIPLANO: CHOQUES ENTRE POLICIAS Y
MANIFESTANTES
Batalla con dinamita, gases y piedras en el centro de La
Paz
LA PAZ. ENVIADA ESPECIAL
El silencio se mide en palpitaciones.
Son las cuatro de la tarde y el sol se parte sobre la frente de la
humanidad. En la avenida Mariscal Santa Cruz, justo en el cruce con
Figueroa, a metros de la histórica Iglesia de Santa Cruz, varios grupos
de policías verde oliva buscan contener a hombres furiosos que
juegan a un bowling violento con cascotes. Los manifestantes están
escondidos una cuadra arriba, literalmente arriba, y se asoman de a ratos.
En la improvisada división del campo de batalla ya armaron un piquete de
gomas y paja que irradia un fuego de infierno sobre el empedrado.
"¡Córranse, córranse! ¡Por su seguridad!", dice a la gente
entre gritos y susurros uno de los cientos de policías que transpira la
situación y pasa el mal momento de mostrar en público que debió
retroceder ante el enemigo. Desde abajo, lo primero que se escucha es un
estruendo de dimensiones colosales, que retumba bajo los pies de todos.
Después, levantándose por sobre las llamas será el hongo negro que se
alza hasta el cielo, tiznando a su paso los balcones vecinos. Varios se
asoman saliendo de su provisorio escondite. Dos hombres aplauden allá
arriba y señalan con el dedo en señal de satisfacción. "¡Cabrones!,
no estoy jugando, ¿eh? Es por el futuro de mis hijos" grita uno
de ellos. Si en ese momento no se te estruja el alma es que estás muerto.
La secuencia se repitió ayer una y otra vez. A las explosiones de
dinamita, la policía repelía con gases lacrimógenos . Corridas y más
corridas, revuelo de polleras y alpargatas. El corazón cabalga
incesantemente. El centro de La Paz quedó escondido tras esa neblina que
se huele con dolor y se llora con bronca. Remeras mojadas, pañuelos, todo
sirve para aliviar el ardor.
La ciudad amaneció ayer convertida en una escena de película de
anticipación, de esas en las que una bomba atómica terminó con la vida
tal como se la conocía. Los autos son una especie en extinción por la
falta de gasolina y las vidrieras de todos los negocios están ocultas por
diarios viejos: un conjuro doméstico para evitar los saqueos, un mal que
acosa a la ciudad en las últimas semanas, cuando las marchas de protesta
de la gente de El Alto y de otras localidades del Altiplano se han hecho
diarias y grupos de exaltados aprovechan la situación para sembrar el pánico.
Ayer, desde la mañana, fue el turno de la protesta de los cooperativistas
mineros, hombres rudos y frustrados en un país que no ha sabido
respetarles su lugar. Combativos a muerte, sufrieron el proceso de
privatización como pocos y entre sus filas la desocupación tiene la cara
de cientos de miles. Muchos bajaron con sus mujeres, muchos también
cargan sus bebés, envueltos en mantas de abrigo que apenas si dejan ver
un cachete de cara de luna llena y morena. Todos llevan la cabeza cubierta
por gorros. Varios calzaron su viejo casco sobre la cabeza. Incluso muchas
mujeres.
Sostienen banderas de a cuatro o cinco cuando cantan "Fuerza, fuerza,
fuerza, fuerza/ compañeros/, que la lucha es mucha, pero venceremos".
Llevan en las fosas nasales trocitos de papel higiénico rosado, para
evitar el efecto de los gases que la policía está disparando sin
interrupciones desde hace un par de horas, en sintonía con los cartuchos
de dinamita que por todos los rincones que rodean a la Plaza de los Héroes
y la Plaza Murillo (donde están los edificios gubernamentales) se oyen
estallar.
Es una fotografía extraña e intensa. Arrastran los pies y cantan con un
cigarrillo en la mano. "¿Qué queremos?", grita el líder.
"¡¡¡Nacionalización!!!", devuelven a coro. "¿Cuándo?"
"Ahora, ahora, ahora". Marchan ordenadamente, algunos con
bastones. Hay filas y filas de desangelados sin dientes, con pantalones
deslucidos de tantos soles y pulóveres que son nudos. "¡Que se
vayan todos los políticos!" "Que se vayan", es el nuevo
reclamo.
Carlos Mesa renunció y ahora el blanco de los cánticos más salvajes es
Hormando Vaca Díez, el presidente del Senado, viejo político del MIR a
quien le endilgan una larga tradición de corrupción. "Mesa a su
casa, Vaca al matadero", se ríen.
Todos los negocios están cerrados, algunos tímidamente se animan a abrir
cuando las marchas terminan. Nadie usa corbata, porque es el símbolo de
la traición a la huelga y quien la porta la pasa mal.
"Nacionalización, m''hija, eso necesitamos", dice una vendedora
de pilas y caramelos. Resuena entonces la despreciativa frase en off de un
empresario de Santa Cruz, el departamento rico en gas que pelea por su
autonomía. "Quieren tener un banquete y ni siquiera saben sentarse a
la mesa".
Colgado de varias ventanas de un edificio alto, un cartel del MAS con la
figura clásica del Che en negro sobre rojo invita hasta la victoria
siempre.
DISTURBIOS. LA POLICIA INTENTA
CONTENER A LOS MANIFESTANTES. SIGUEN LAS PROTESTAS TRAS LA RENUNCIA DE MESA.
(Foto: AFP)
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